La viajera y la escuela
La viajera tiene un pasaporte que en Oriente consideran occidental y en Occidente oriental. Su pasaporte, por lo tanto, suscita "sospechas tanto en el Este como en el Oeste, ella proyecta dos sombras, una a la izquierda, la otra a la derecha. Al final de un largo viaje, en el fondo de un bosque surcado por senderos, ella busca una escuela famosa donde debe aprobar su examen más importante. Su ombligo es similar al de un pan que todavía está fermentando y su viaje tan largo que se come los años. Al llegar por fin al límite del bosque, encuentra dos hombres y les pregunta por el camino. Apoyados en sus armas, aquéllos la miran y callan, aunque dicen saber dónde está la escuela. Luego uno de los dos indica: «Ve derecho, en el primer cruce dobla a la izquierda y luego de nuevo a la izquierda, así te encontrarás justo delante de de la escuela.» La viajera da las gracias pensando en el pasaporte que por suerte no han visto, pues en tal caso habrían sospechado do de ella, extranjera, y tratado de descubrir sus intenciones ocultas. Ella continúa el viaje, en el primer cruce gira a la izquierda, y luego de nuevo a la izquierda; con las instrucciones no resulta difícil en absoluto orientarse, pero al final del segundo sendero a la izquierda, en lugar de la escuela encuentra un gran pantano. y delante del pantano la esperan los dos hombres armados que ya conoce. Con una sonrisa le piden perdón:
Te lo hemos explicado mal: debías girar a la derecha en el primer cruce, y luego de nuevo a la derecha, la escuela está allí. Pero teníamos que descubrir tus intenciones, comprobando si de verdad no conocías el camino, o sólo fingías no conocerlo. Pero ahora es tarde y no puedes llegar a la escuela, ni hoy ni nunca. Porque desde mañana no existirá más. Has perdido la oportunidad de tu vida por este pequeño control, pero comprenderás que era necesario para la seguridad de los otros viajeros actuar de este modo, y para protegemos incluso nosotros mismos de posibles malas intenciones de los transeúntes que están buscando la escuela. Mas, no te hagas reproches por esto. Si hubieras girado en la dirección opuesta a la que te habíamos indicado, esto es, si hubieras girado a la derecha en lugar de la izquierda, hubiera sucedido lo mismo, porque entonces, habríamos sabido que nos engañabas, que en realidad conocías el camino que lleva a la escuela aunque preguntaras por él, y habríamos tenido que controlar quién eras, porque tus intenciones serian evidentemente sospechosas si no las ocultabas. Así, que en realidad, a la escuela no se puede llegar de manera alguna. Pero tu vida no ha sido sacrificada en vano, ha sido utilizada par aclarar una cosa en el mundo. Y no es poco..."
Mirolad Pavic, Diccionario jázaro, Anagrama (1989)
"Hay un guardián ante la Ley. A ese guardián llega un hombre de la campaña que pide ser admitido a la Ley. El guardián le responde que ese día no puede permitirle la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si luego podrá entrar. 'Es posible', dice el guardián, 'pero no ahora'. Como la puerta de la Ley sigue abierta y el guardián está a un lado, el hombre se agacha para espiar. El guardián se ríe, y le dice: 'Fíjate bien: soy muy fuerte. Y soy el más subalterno de los guardianes. Adentro no hay una sala que no esté custodiada por su guardián, cada uno más fuerte que el anterior. Ya el tercero tiene un aspecto que yo mismo no puedo soportar'. El hombre no ha previsto esas trabas. Piensa que la Ley debe ser accesible en todo momento a todos los hombres, pero al fijarse en el guardián con su capa de piel, su gran nariz aguda y su larga y deshilachada barba de tártaro, resuelve que más vale esperar. El guardián le da un banco y lo deja sentarse junto a la puerta. Ahí, pasa los días y los años. Intenta muchas veces ser admitido y fatiga al guardián con sus peticiones. El guardián entabla con él diálogos limitados y lo interroga acerca de su hogar y de otros asuntos, pero de una manera impersonal, como de señor poderoso, y siempre acaba repitiendo que no puede pasar todavía. El hombre, que se había equipado de muchas cosas para su viaje, se va despojando de todas ellas para sobornar al guardián. Éste no las rehusa, pero declara: 'Acepto para que no te figures que has omitido algún empeño.' En los muchos años el hombre no le quita los ojos de encima al guardián. Se olvida de los otros y piensa que éste es la única traba que lo separa de la Ley. En los primeros años maldice a gritos su destino perverso; con la vejez, la maldición decae en rezongo. El hombre se vuelve infantil, y como en su vigilia de años ha llegado a reconocer las pulgas en la capa de piel, acaba por pedirles que lo socorran y que intercedan con el guardián. Al cabo se le nublan los ojos y no sabe si éstos lo engañan o si se ha obscurecido el mundo. Apenas si percibe en la sombra una claridad que fluye inmortalmente de la puerta de la Ley. Ya no le queda mucho que vivir. En su agonía los recuerdos forman una sola pregunta, que no ha propuesto aún al guardián. Como no puede incorporarse, tiene que llamarlo por señas. El guardián se agacha profundamente, pues la disparidad de las estaturas ha aumentado muchísimo. '¿Qué pretendes ahora?', dice el guardián; 'eres insaciable', 'Todos se esfuerzan por la Ley', dice el hombre. '¿Será posible que en los años que espero nadie ha querido entrar sino yo?' El guardián entiende que el hombre se está acabando, y tiene que gritarle para que le oiga: 'Nadie ha querido entrar por aquí, porque a tí solo estaba destinada esta puerta. Ahora voy a cerrarla'."
Franz Kafka, El Proceso.
